domingo, 18 de septiembre de 2011

¿Y qué será de la vida del "Chupadólares"?

Nunca hemos hablado, por modestia, de la correspondencia que nos llega. ¡Uf!, no se imaginan ustedes. Por fortuna existe la vía digital porque si toda esa cascada de mensajes se escribiera de puño y letra como antaño, bien pudiéramos sentarnos encima de una montaña de sobres de correo a semejanza de Rico Mac Pato en su océano de moneditas de oro.

Moneditas de oro, obvio, no somos, de modo que nos llegan mensajes de todo signo, y ahora mismo estamos dedicados al trabajo enorme de clasificarlos bajo dos hashtag prestados del twitter: #CDLR y #CDSM, lo cual refleja perfectamente la marcada polarización del país: unos a favor, otros en contra y otros ni-ni, que evidentemente son aquellos que ni nos leen ni nos paran metra. Atesoramos todos los mensajes por igual, y a los ni-ni habrá que decirles, como lo hace la oposición, tomando un renglón de aquel hermoso bolero de Guillermo Castillo Bustamante: “Son tus cartas mi esperanza”.

Esperanza, precisamente, es el nombre de una de las lectoras que nos ha escrito con justificada preocupación: “Estimado señor Retuitero: Hace mucho que no sabemos nada del flamante avión presidencial, mejor conocido como “El Chupadólares” por su voraz ingesta de gasolina. ¿Será que está otra vez dañado o se lo regalaron a alguien? ¿Es verdad que lo van a utilizar para trasladar el oro? Una vecina me dice que lo vio desguazado en una chivera de la Panamericana, pero yo no le creo porque ella es muy antichavista. De todas maneras, ese bicho nos costó un realero para que ahora no sepamos donde está. ¿Qué cree usted?”.

Usted, Esperanza, puede tener por seguro que no es la única con la misma preocupación. Y su pregunta tiene una importancia capital, pues bien se sabe que este aerodinámico ejemplar viene siendo al jefe lo que Tornado al Zorro, Plata al Llanero Solitario, Diablo al Fantasma o Trigger a Roy Roger. De modo que después de efectuada la respectiva pesquisa, procedemos de inmediato a dar respuesta a su comprensible inquietud.

Inquietud general, recordará usted, despertó la noticia de que “El Chupadólares” había tenido un desperfecto en una de sus turbinas por haberse tragado un zamuro. Muy mal hecho de su parte porque si su dueño no caza moscas, él no tiene porqué tragar zopilotes. Esto, le explico, ocurrió en pleno vuelo, porque el “Chupadólares” tampoco es una especie de “Chupacabras” que ande cazando y dejando animales exangües por allí.

Allí quedó aclarado oficialmente el primer episodio de su desaparición, lo cual ciertamente sólo se hizo cuando fue evidente que el jefe viajaba en aeronaves de Cubana de Aviación. Surgieron diferentes hipótesis. Una de ellas, leída en este mismo diario, señalaba que el súper jefe había convencido al jefe de que se lo cambiara por dos Antonov rusos de medio uso: uno para ir y otro para venir.

Venir con el cuento de que lo regalaron también luciría algo descabellado, si no fuera porque “El Chupadólares One” es una de las pocas cosas que todavía no ha ido a dar a las manos de los buenos amigos de la revolución. Por lo demás, aquí cada día son más los que, por razones de salud o jalamecatérica solidaridad, andan sin cabello.

Cabello, hombre de alto vuelo sin necesidad de turbinas, pudiera aclarar si el “Chupa” será utilizado para traer los lingotes de oro de la reserva. Usted, Esperanza, dice “trasladar”. Tenga cuidado con lo que escribe: traer es traer, en tanto que trasladar puede ser para cualquier lado. Hable claro y evítese rollos.

Rollos de marca mayor tendríamos si, como dice su vecina, la aeronave presidencial con equipamiento y decorado socialista de más de 60 millones de dólares, ha cambiado de manos e ido a parar, deshuesado, a una chivera. Yo lo creo totalmente imposible, pero por si acaso mantengamos a los lateros alejados de nuestro flamante Airbus.

Airbus que cambió de manos fue el “Afriqiyah One”, hermano libio del “Chupadólares”, como hermanos se proclaman ambos dueños. Por el mundo han circulado las gráficas del milyunanochesco palacio volador, su suntuosa habitación privada y el salón de reuniones cuyas butacas derrochan exquisito lujo. Así vivía el “Bolívar libio”, como lo bautizó el jefe. ¿Sería que se le olvidó que el nuestro se sentaba en sillas de vaqueta y dormía en hamaca de grueso hilo a sabana abierta?

Abierta está esa discusión. Por lo pronto es muy llamativo el atuendo de los nuevos dueños. Si el gran líder era socialista, lo deben haber desalojado los oligarcas, pero vemos a uno cómodamente instalado, vestidos de franelita blanca, gorra y bufanda color caqui, tan ordinaria que estamos seguros no salió de la bolsa de Chanel, la famosa casa de modas parisina, que el fotógrafo colocó en primer plano. ¿Sería de allí de donde venían los famosos gorritos?

Gorritos, túnicas, chales y babuchas en reguero quedaron, finalmente, por todo rastro de la aparatosa huida del acaudalado coronel. De allí que en Libia también se están preguntando, ¿qué será de la vida del “chupadólares”?

(Publicado en el Diario Tal Cual el sábado 3 de septiembre de 2011)

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