Mi comandante: ayer cuando me trasladaba por la avenida
Libertador rumbo a la oficina tuve la bien desagradable experiencia de ver mi
imagen impresa en un gigantesco afiche en el que aparezco con el puño en alto
en señal de combate, una camisa roja impecable y planchadita, el símbolo de
nuestro glorioso partido y la inconcebible consigna en letras rojas: “Diosdado
Presidente”.
Usted no se imagina, mi comandante, la arrechera que agarré.
Ante tamaña agresión no contra mí, sino contra usted como líder máximo del
proceso, me puse rodilla en tierra. Eso fue automático. Claro, como iba en la
camioneta tuve que seguir el viaje con
una rodilla en el cojín y otra en el piso de la carrocería. Qué vaina tan
incómoda, mi comandante en jefe. Menos mal que no había mucha cola, que si no
hubiera llegado derrengado. Así de sencillo.
Sé que no necesito darle muchas explicaciones para que tenga
usted la plena seguridad de que la cosa más descabellada que puede hacer un
Cabello, y en el caso que nos ocupa el suscrito, es pretender ocupar al cargo
para el que la providencia y los espíritus de la sabana en cambote lo han
destinado hasta cuando usted mismo diga.
Cuando me calmé un poco me pregunté: ¿Sustituirlo a usted?
¿Quién? ¿Pero quién, quién, quién? Nadie, nadie, pero nadie, me repetí yo
mismo. ¿Quién puede osar disputarle a usted, de quien depende la suerte del
todo el mundo multipolar y sobre todo la de la Polar, la presidencia? Y como
cosa de Dios, mi comandante, en eso sonó por la radio la canción de la mexicana
aquella que canta ronquito: “¿Quién como tú?” ¿Se acuerda? Usted debe acordarse
porque es bien farandulero, je, je... Palabra cierta, dice el pueblo, mi
comandante. Así de sencillo.
Esto no puede haber sido obra sino de la derecha pitiyanqui.
Y para que usted vea cómo se ha degenerado la oposición en Venezuela en apenas
un siglo, recuerde que el general Gómez la llamaba “los malos hijos de la
patria”. En cambio esta oposición es apátrida y contrapátrida, como usted
sabiamente la bautizó. Son como Adán, que no tuvo mamá, pues. El de la Biblia, Adán el de la Biblia, claro.
¿Por qué lo hicieron? Aaaah, porque están desesperados. La
encuestadora de Jesse los tiene locos. Cómo será cuando conozcan la última en
la que usted gana 125 a cero ¡Knockout fulminante, mi comandante! Imagínese la
cara de los majunches cuando vean que le metimos tremendo zapatero ¡Uh! ¡Ah! Je, je, je, perdóneme esa, mi
comandante, que es producto de la emoción. Así de sencillo.
Pero como siempre han salido por allí algunas ovejas
descarriadas de nuestro lado a intrigar. Por ahí me dijeron que unos amigos de
Elías andan diciendo que el afiche era grandote para insinuar que los de él se
pueden hacerse tamaño carta. Nada que ver. Y eso puso contentos a los amigos de
Nicolás porque dicen que los de Maduro, por lo menos, serían tamaño extra
oficio. No les crea: si le vienen a contar cositas malas de mí, mande todos a
volar y dígales que yo no fui. Por cierto, esta última frase, comandante, me
parece muy familiar pero ahora mismo no recuerdo en que libro la aprendí.
Esa misma mañana hice recoger todos los afiches y me los
llevé para la casa. Colgué uno en la sala para examinarlo bien. Todos los días,
de reojo, lo veo y lo reveo ¡Usted no se imagina, mi comandante, la tibiera que
me entra! Me observo en esa tremenda foto con ese puño en alto, los ojos azules
azulitos como mirando hacia el futuro, forrado de rojo y con esa aureola
brillante que me pusieron por los costados y me tengo que contener para no
mandarme yo mismo un derechazo a la mandíbula. Sin embargo, el otro día los
escoltas me agarraron cuando estaba a punto de pegarle un cabezazo. Yo, mi
comandante, se lo hubiera dado aunque la pared me hubiera sacado un chichón.
Así de sencillo.
Lo que sí creo es que esto del afiche merece una investigación a fondo. Yo
estoy dispuesto a hacerla. Basta que usted me diga si la abrimos desde la
presidencia de la asamblea, la vicepresidencia del partido o su tribunal
disciplinario. Claro, siempre va a salir alguno de los nuestros pasados a la
oligarquía a decir que yo no puedo porque presido las tres instancias. Ajá,
¿pero quién me puso allí? Pues, usted mismo. ¿Entonces? ¿Pa´dónde van a coger
con esa pata hinchada?
Cierto, y perdone la digresión, que
usted le había dado el visto bueno a Soto. ¿Pero quién lo manda a irse para la
China a regalar hamacas y botellas de suero y de katara, el picante ese que
hacen con bachaco culón? El que va pa´ Seúl, pierde el curul, dice la voz del
pueblo que es la voz que Dios nos ha dado.
Perdone, ¿Seúl queda en la China? ¿O es en el Japón? No me acuerdo, pero
en verdad no importa, la vaina es que rima.
Mi comandante, creo que con esta misiva dejamos zanjado
cualquier malentendido que esta perversa acción de los laboratorios de la
oligarquía exógena pueda haber generado. No olvide referirse a ello en la
próxima cadena. Me despido con un saludo chavista y revolucionario. ¡Hasta la
victoria siempre! ¡Patria, Socialismo y…
eso sí, mucho reposo, mi comandante en jefe. Así de sencillo...
(Publicado el Diario Tal Cual el sábado 2 de junio de 2012)





